El siglo pasado, el PRI se mantuvo en el poder por medio del control de grupos de clientes. Empresarios dispuestos a apoyar a ese partido a cambio de privilegios y monopolios. Los pagadores de ese clientelismo fueron millones de mexicanos que recibieron productos malos y caros.
Campesinos, a quienes el PRI les prometía tierras, agua, semillas y fertilizantes, con tal de que asistieran a mítines de candidatos priístas. Los resultados, campesinos organizados para votar y no para producir, la inseguridad en la tenencia de la tierra y el incremento de migrantes hacia los Estados Unidos.
Otros clientes, como el sindicato de Pemex, que le trasmite recursos al PRI y le garantiza los votos de los trabajadores sindicalizados a cambio de privilegios y de la promesa de mantener el monopolio petrolero para que los líderes y los empresarios amigos de éstos hagan negocios con los contratos. Los resultados, un Pemex endeudado que cada día produce menos y ofrece gasolinas caras y de mala calidad para los mexicanos.
El contrapeso al clientelismo priísta es la clase media independiente, decisiva en las elecciones presidenciales del siglo XXI. Pero cuando poca clase media vota en las elecciones estatales, se imponen los clientes del PRI, que aunque minoría, ante una oposición dividida y elecciones de estado, lo mantienen en el poder en los gobiernos estatales.
En México conviven dos tipos de elecciones: una, las presidenciales a nivel federal, donde hay vigilancia de autoridades electorales realmente autónomas y una gran participación de la clase media y otra, a nivel estatal, donde la poca asistencia de la clase media independiente, permite que los grupos de “clientes” controlados por el PRI, la intervención de los gobernadores en las elecciones y la pasividad de las autoridades electorales estatales, ayuden al triunfo priísta.
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