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La epidemia más fea de las últimas décadas, con efectos en la actividad productiva nacional y en el turismo, le brotó a Calderón, al igual que la sequía más fea de los últimos 60 años y la baja de reservas petroleras más fea desde que empezamos a exportar petróleo.

La más fea y cruenta guerra contra el crimen organizado, que ha costado más muertes de mexicanos que de americanos en la guerra de Irak, estalla con Calderón. También le tocó bailar con la más fea de las feas, una oposición que a veces dice que no y cuando dice sí, deja bailando solo al presidente a la mitad de la pieza.

A pesar de esas feas, el país no se ha desgajado a pedazos. La inflación es mucho menor que en la crisis sufrida a mediados de los 90. En aquel entonces, llegó a 54% y en la actual no ha superado el 6%. En 1995 se devaluó el peso en 152%, actualmente no es más del 30%. Los desempleados en el 95 superaron los 800 mil, en la actual crisis fueron menos de 600 mil.

El que los mexicanos dejemos de bailar con las feas, no depende sólo del Presidente Calderón, sino de los legisladores de oposición en el Congreso que hasta ahora han hecho el papel de la fea más fea. Si la queremos hacer bonita, no sólo para el Presidente Calderón, sino para que la mayoría de los mexicanos puedan tener empleos mejor remunerados y más altos niveles de vida, debemos superar los mitos petroleros, los compromisos partidistas con gremios y modernizar la legislación laboral, causante de desempleo. Así como implementar una reforma fiscal que haga competitivo internacionalmente a México.

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